Tokio detrás de una puerta: la noche en una barra japonesa

En Tokio, un bar puede esconderse detrás de una puerta sin cartel, al fondo de un pasillo que uno habría pasado de largo.


Entramos sin reserva ni recomendación. La barra era pequeña, a un lado y al otro había clientes habituales, y el bartender nos alcanzó agua antes de preguntarnos qué queríamos beber. Afuera, la ciudad seguía a toda velocidad. Adentro, la noche parecía disponer de más tiempo.

Yo había viajado a Japón con una lista de bares. Había leído sobre Mori Bar, High Five, Bar Benfiddich y The SG Club;
quería conocer esa coctelería que tantos profesionales admiramos. Pero después de recorrer las calles entendí que una lista sirve para empezar, no para explicar una ciudad.

La parte que todavía recuerdo con más nitidez empezó cuando dejamos de buscar nombres y prestamos atención a las puertas.

La primera noche: después de unas veinticuatro horas de viaje, soltamos las maletas y fuimos al cruce de Shibuya.

Era verano, hacía calor y comimos al paso entre una multitud que parecía avanzar en todas las direcciones. Más tarde descubrimos que el hotel tenía un bar «Yoshida Bar Akasaka». Pedí un Gimlet. No hubo trucos ni una presentación aparatosa; llegó una copa precisa, fría y equilibrada. Fue mi primera pista de lo que me interesaría de las barras de Tokio, la atención al detalle también puede ser una forma de recibir a alguien.

A la madrugada siguiente, todavía desvelados por el cambio horario, salimos hacia el Mercado de Toyosu. Vimos la subasta de atún y desayunamos ostras y atún con té verde.

Tokio seguía cambiándonos los horarios y las costumbres. Esa primera noche y aquella mañana nos enseñaron algo sencillo: entrar, sentarnos, observar y dejar que la ciudad nos sorprendiera.

En otra barra, a la que llegamos caminando sin plan, mi compañera de viaje y vida pidió un Bloody Mary. Lo pide en casi todos los bares que visitamos, y eso le permite comparar. Yo preferí dejar la elección abierta. El bartender trabajó frente a nosotros, midiendo el ritmo de cada movimiento. Cuando puso las copas sobre la barra, miró apenas nuestra reacción. No hacía falta un discurso, quería saber si estábamos disfrutando lo que había preparado.

Entonces hablaron nuestros vecinos. Nos preguntaron de dónde veníamos. “De Argentina, de la Patagonia”, respondimos, y esa palabra abrió una conversación corta, entre tragos y gestos, con el límite amable de dos idiomas que no compartíamos del todo. En una ciudad donde al principio uno puede sentirse perdido, una barra de pocos asientos nos dio un lugar por un rato.

Tokio

La coctelería japonesa no cabe en un único estilo.

Están los bares de autor, los clásicos servidos con una concentración extraordinaria y los lugares donde alcanza con un highball, whisky con soda, una cerveza o sake junto a la comida. Tampoco todas las barras tienen el mismo clima, algunas invitan al silencio; otras, a conversar.

Lo que vimos aquella noche fue una forma de hospitalidad construida con acciones pequeñas: el vaso de agua, una copa bien hecha y la atención que llega sin interrumpir.

Nos despedimos y volvimos a caminar. Otra puerta, otra barra, otra conversación posible. Esa manera de recorrer Tokio resultó más fértil que cualquier itinerario cerrado.

Las direcciones célebres merecen una visita, pero el recuerdo que me llevé no tiene un nombre famoso en la entrada. Tiene el tamaño de una barra, el sonido del hielo y a dos desconocidos preguntándonos por la Patagonia.

 

Leonardo Saracho – Sommelier y Bartender

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